Hoy es un día espléndido y estoy caminando rumbo a mi hogar, de Norte a Sur por una calle interna. Ya es la hora del atardecer. En cada bocacalle puedo ver al Sol que se muestra radiante e imponente, como si supiera que lo adoramos en nuestro profundo paganismo. Así que durante el recorrido, en cada calle que cruzaba y cada vez que me encontraba ante su presencia lo miraba con la complicidad de quien sabe que el otro sabe que vos sabés.
Así voy caminando casi un kilómetro hasta llegar a la avenida por la que tengo que ir ahora en dirección Este, El Oeste queda a mis espaldas, arrastrando al Astro hacia el abismo, la sombra de mi cuerpo a mis pies y la sensación de que esa fuerza también me arrastra hacia donde va el Sol. Y entonces soy la sombra, ya no el cuerpo que continúa autómata su caminata de Oeste a Este fijada con antelación. Ahora, como sombra, veo cada detalle del recorrido de la luz, porque mi existencia es posible gracias a ella. Y veo todo lo que ilumina en el paisaje que transito y todo es belleza, y nada sobra, y nada falta, y cada antagonista tiene su agonista, y todos los colores son posibles y todas las formas surgen a partir de una única forma, y también hay silencio y melodías celestiales. En ese recorrido concluye la fiesta del atardecer, la hora mágica llega a su fin. Me detengo y giro mi cuerpo hacia el Oeste, apenas se logra ver una claridad en el fondo del horizonte y una lágrima se suelta de mi mirada y recorre mi pómulo hasta toparse con el barbijo. Suelto una carcajada y sigo mi camino.





